El cementerio de Greyfriars, en pleno corazón de Edimburgo, Escocia, se ha convertido en un lugar de peregrinación para fanáticos de la saga Harry Potter que buscan rastrear las raíces reales detrás de algunos de los nombres más emblemáticos del universo creado por J.K. Rowling.
Durante la gestación de los primeros libros de la serie, Rowling solía caminar por este camposanto, y fue allí donde, según numerosos seguidores, encontró inspiración para personajes clave. Una de las tumbas más visitadas es la de Thomas Riddell, cuyo nombre guarda una sorprendente similitud con Tom Riddle, la identidad juvenil del villano Lord Voldemort.
Aunque la autora nunca ha confirmado esta conexión, la coincidencia ha sido suficiente para que miles de seguidores visiten el sitio buscando la llamada “tumba de Voldemort”. Cerca de ella también reposa William McGonagall, poeta escocés considerado uno de los peores de la historia, cuyo apellido evoca inevitablemente a la estricta y sabia profesora Minerva McGonagall.
Estos detalles han convertido a Greyfriars en una parada obligada de los recorridos temáticos por Edimburgo, una ciudad que dejó una profunda huella en la creación del mundo mágico. Muy cerca se encuentra el colegio George Heriot, cuyo estilo gótico y ambiente académico han sido señalados como posible fuente de inspiración para Hogwarts.
La conexión entre la realidad y la ficción no termina allí. El tren Jacobite Steam, que recorre los paisajes del oeste escocés hasta el lago Nevis, sirvió como base para el mítico Expreso de Hogwarts, inmortalizado en las películas de la saga cruzando el viaducto de Glenfinnan.
Además de lugares, Rowling también tomó ideas del entorno cotidiano para dar nombre a sus personajes. Así lo reveló en redes sociales, cuando explicó que Severus Snape toma su nombre de una calle por la que solía pasar camino al trabajo. Otros nombres, como Remus Lupin o Sirius Black, encierran referencias mitológicas o astronómicas: lupus significa lobo en latín —y Lupin es un hombre lobo—, mientras que Sirius es una estrella conocida como “la estrella del perro”.
Incluso Draco Malfoy lleva en su nombre la palabra latina para “dragón”, en sintonía con su carácter altivo y la tradición de la Casa Slytherin.
Así, Greyfriars y el resto del paisaje escocés han pasado de ser espacios reales a formar parte del imaginario colectivo de millones de lectores en todo el mundo. Lugares como este demuestran cómo la literatura puede convertir lo cotidiano en mágico, y cómo una lápida olvidada puede dar vida a uno de los villanos más icónicos de la ficción moderna.
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